En este segundo tema a trabajar en los laboratorios regionales, nos hemos encontrado con que muchas agentes educativas, en su infancia, no tuvieron oportunidades frecuentes ni amplias de vivir esa niñez con toda la plenitud posible, expandiendo sus seres internos. Hemos escuchado historias muy conmovedoras de la voz de mujeres bellísimas, cuyo ánimo, fortaleza, creatividad y entrega hacia los niños se ha forjado a punta de bastante esfuerzo y sanación paulatina de experiencias profundamente tristes, limitantes y agresivas vividas en su niñez.
Mi Singularidad: motivo de asombro / Mis lugares físicos y simbólicos me invitan a recorrerlos
Este tema hace parte de cuatro componentes bellísimos del desarrollo humano e infantil, con los que hemos comprendido, dimensionado y valorado en todo su sentido, la importancia de que los niños tengan sus experiencias vitales con estos componentes como derechos imprescindibles e innegociables.
Como todos somos diferentes en nuestra misma singularidad, que le aporta tanto a los grupos que conformamos, para comprender la importancia de responder a esta diferencia acogiéndola y procurándole sus manifestaciones, en vez de prohibírselas, ocultárselas o negárselas, hemos disfrutado del libro “Por 4 esquinitas de nada”, de Jerome Ruillier, que nos muestra que no es la diferencia, la que tiene que “adaptarse y ajustarse” a nuestras condiciones, sino esas condiciones nuestras las que tienen que modificarse atendiendo y vinculando esa diferencia, gracias a la que también crecemos y experimentamos la magia feliz y misteriosa de vivir.

En el momento de la autoreferenciación, para recordar cuando en la niñez, e incluso aún en la adultez, nos hemos sentido irrespetados, heridos, ofendidos por nuestra diferencia, nos hemos apoyado en un conmovedor personaje, Juul, del libro de Gregie de Maeyer y Koen Vanmechelen, cuya historia nos confronta de manera muy impactante cuando nos obliga a pensar en las consecuencias de no acoger, ni respetar, ni considerar esa diferencia como parte de nosotros mismos:
Hace algunos años, incluso cuando aún no había tomado tanta fuerza nefasta el lamentable fenómeno del bullyng, la Fundación Taller de Letras realizó con un grupo de niños de algunas instituciones educativas de Medellín un taller en el que se buscaba que ellos comprendieran lo molesto, lo profundamente triste, que era para un niño ser maltratado con burlas. El taller consistió en leer el libro de Juul, y luego escribirle una carta a este personaje, con lo que naciera del corazón. Esta vez les pedimos a las agentes que en sus bitácoras les escribieran una carta a Juul, con lo que le quieran decir, que les salga del corazón también, y ojalá con anécdotas de lo que ellas recuerden de experiencias de su propia infancia, para que Juul no se sintiera tan solo. Muy de cerca comprobamos que Juul no es un personaje de ficción. Que todos podemos ser Juul, o lo hemos sido en algún momento de nuestras vidas, o en varios momentos.
Pero como en el misterio universal vamos siempre en búsqueda del equilibrio, ese sano, redentor y tranquilo equilibrio que, en algunos casos, podemos llamar también justicia, y es lo que sostiene la razón de vivir, y aunque sabemos que para que toda la humanidad comprenda la necesidad de no agredir ni con la palabra, ni con el cuerpo, ni con la mente, hace falta muchísimo tiempo, hemos invitado también a nuestro laboratorio a Mara, la pequeña heroína del libro “Orejas de mariposa”, de Luisa Aguilar y André Neves, quien con el amor y el acompañamiento de su madre, quien le ha cultivado un espíritu férreo y alegre, con mucho amor para sí misma, se sobrepone a las palabras y actitudes de los niños que pretenden debilitar su ser.
Hemos conversado con las agentes educativas sobre las diferencias en las maneras en que Juul y Mara afrontaron las burlas de los otros niños, y qué pensaban de sí mismos, como se iba construyendo su propia imagen dentro de su psique, cómo iban cultivando su amor propio, tan necesario para vivir, y con quiénes habían contado para el fortalecimiento de ese amor propio.
Ellas escribieron en sus bitácoras cómo vivían ellas y cómo era percibida su singularidad cuando eran niñas, respondieron a las siguientes preguntas: ¿Qué teníamos de diferente a los demás? ¿En qué nos diferenciábamos de nuestros hermanos, de nuestros primos, de nuestros amigos? ¿Esta diferencia cómo era percibida por los demás? ¿Era valorada? ¿No lo era? ¿Fuimos objeto de burlas? ¿Por qué razón? ¿Cómo nos sentíamos cuando se burlaban de nosotros? ¿Para qué nos sirvió esa singularidad (esa diferencia con respecto a los demás)? ¿En qué influyó para nuestra percepción sobre nosotras mismas mientras crecíamos? ¿Ahora la valoramos positivamente o seguimos sintiéndonos mal con ella?
También en sus bitácoras, hicieron la descripción de un niño de sus Unidades de Servicio que llamara su atención por su singularidad, algunas lo dibujaron y escribieron su nombre, y que contaron: ¿Qué tiene de diferente a los demás? ¿Por qué les llama la atención? ¿Qué le aporta esa diferencia a los otros niños y a todo el grupo? ¿Cómo interactuaban ellas como agentes con esa diferencia? ¿Le ayudaban al niño a aportarle al grupo con ella?
En un momento en el que los recuerdos revivieron con más fuerza y los lugares más significativos de la niñez fueron los que habitaron el tiempo y el espacio del laboratorio, conversamos con las agentes sobre los lugares físicos y simbólicos que hemos ocupado desde la infancia. El hermoso libro “La manzana y la mariposa”, de Iela y Enzo Mari nos inspiró.
Impulsadas por el recuerdo de esos lugares, cada agente hizo en ese momento una cartografía (una especie de “mapa de la vida”) dibujando los lugares más significativos para ella a lo largo de su vida. Dibujaron los lugares físicos donde más les gustaba estar, jugar, explorar, esconderse, refugiarse, desplegar su alma cuando eran niñas, y a esa cartografía le pusieron emociones, símbolos con trazos de colores, o palabras. No solo dibujaron lugares de recuerdos felices, algunas revivieron lugares no muy agradables para ellas, por lo que vivieron allí, porque su alma les pedía hablar de ello, contar ese recuerdo. Así, una agente educativa de un municipio antioqueño unió en un lazo solidario, de admiración, de profunda reverencia e impacto al resto del grupo, cuando dibujó el lugar donde murió su hijo ahogado con un corozo (una fruta un poco más pequeña que el mamoncillo). Muchas otras hermosas mujeres se animaron a dibujar y a contar experiencias en lugares para ellas horrorosos, macabros, dolorosos. Pero allí se evidenció uno de los muchos poderes que la palabra tiene, el de conjurar la tristeza, alumbrarla e intentar hacer una alquimia con ella para que pese menos, para que, compartida, sea transmutada en fuerza y en gratitud por la vida y deseo de vivir, y acompañar a los niños que apenas están comenzando a habitar muchos de los lugares que marcarán sus vidas, que serán escenario de sus más significativas vivencias.
En sus bitácoras las agentes pusieron en palabras, también, los lugares simbólicos que ocupan en cada integrante de su familia, agradables y no tan agradables (en su mamá, su papá, sus hermanos y otros seres cercanos y significativos para ellas, en las maestras más recordadas de la infancia, etc.) y contaron qué lugar simbólico les gustaría realmente ocupar, basándose en lo que son para esos seres, y en cómo las perciben ellos. Una agente educativa nos decía: “En mi papá ocupo un lugar muy importante porque él me llama para que le ayude a solucionar los problemas en la casa (lugar de la responsabilidad y del solucionador) eso a veces me enorgullece, pero yo quisiera ocupar un lugar más amoroso y no de tanta responsabilidad, que mi papá también me busque para que paseemos y pasemos momentos tranquilos y agradables, o que me busque más para eso en vez de para solucionar las cosas”.
Hicieron observaciones de cómo los niños de sus Unidades de Servicio experimentan su propio habitar en los lugares físicos y simbólicos que tienen, cómo los tratan en su familia, si les dan el lugar que se merecen y con respeto, tanto físico como simbólico, y cómo creen ellas que pueden contribuir a esto.




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